
La derrota es uno de los sentimientos más dolorosos para quienes juegan, aman o siguen el fútbol. Hay tantos tipos de derrotas, como hinchas en el fútbol. Lo único cierto es que nadie, por más aficionado que se sea de un equipo pequeño o malo, nadie estará acostumbrado a perder. Siempre está la esperanza de ganar, de darle una torta al destino y demostrar que se puede.
¡Cuántas veces ofrecí mi alma al diablo a cambio que el Xerez hiciera la gracia y lograse la victoria!
Y ahora, después de 33 años de fútbol, puedo decir que lo único que queda es mi alma, la misma que nadie quiere como moneda de cambio.
Debates, discusiones, tertulias, vergüenzas, etc., son parte de las apuestas que he lanzado al campo creyendo que puedo cambiar el maldito destino.
Muchos reirán y me dirán que la culpa es de mis obsesiones futbolísticas, pero qué culpa tiene uno de sentirse de Jerez y como herencia recibir los colores del club de esta bendita ciudad.
Si uno se hiciera fiel seguidor por las veces que un equipo levanta copas, no existirían equipos chicos y menos, aficionados de verdad, el amor por un club se basaría por un resultado.
He llorado muchas veces, como también he reído exageradamente por alegrías. Claro está que quien nunca haya sufrido una decepción sabe a qué me refiero y, también, claro está, que -después de leer estas líneas- todos serán seguidores de equipos que siempre ganan y poco recordaran sus derrotas.
No sé que pasará, probablemente seguiré comiéndome las uñas cada vez que mi equipo salte al verde césped de Chapín, pero qué importa, no saco nada con explicar, cada uno tiene su explicación para amar a su club y eso es lo que importa. Nadie es más xerecista que nadie todos tienen una razón para serlo.
Un saludo a quien quiera recibirlo.
